REVISTAS DE HUMOR


LA CODORNIZ (1941-1978)


Ha sido, sin duda, el semanario de humor de más fama y repercusión del siglo XX. Apareció el 8 de junio de 1941, con un formato de 26 X 35 cm., con 24 páginas impresas la mitad a dos colores, y al precio de venta de 50 céntimos.

Como propietario y director figuraba Miguel Mihura y en sus páginas continuaba el humor vanguardista ya ensayado tres años antes en La Ametralladora por su director y principales colaboradores (Tono, Neville, Herreros, Álvaro de Laiglesia) que también lo eran de la nueva publicación.

Durante una primera época (1941-1944), su humorismo innovador, surrealista, absurdo y desconcertante provocó irritación y entusiasmo irreprimible por partes iguales. Otras firmas en sus páginas fueron Wenceslao Fernández Flórez, José López Rubio, Jacinto Miquelarena, Enrique Jardiel Poncela y Ramón Gómez de la Serna entre los escritores, y Galindo y Picó entre los dibujantes, mientras Conchita Montes creaba un pasatiempo inmortal: el Damero Maldito.

La época de Álvaro de Laiglesia
El mes de marzo de 1944 Mihura, de notable indolencia, aburrido y cansado por el trabajo agotador a que se veía sometido al no admitir a otros escritores y dibujantes que coincidieran con su concepto de los humorístico y tener la obligación de rellenar personalmente muchas páginas, vendió la propiedad de la revista a una sociedad anónima participada por el Conde de Godó, Juan José Pradera y Manuel Pombo Angulo, ascendiendo a la dirección a su redactor jefe, Álvaro de Laiglesia.

Con él, a se inició la etapa más fecunda de la publicación. Aumentó su tamaño a 28 X 38 cm., nombró su segundo a Fernando Perdiguero (que provenía de Gutiérrez, y era tan genial como modesto), incorporó un nuevo plantel de dibujantes integrado por Nácher, Goñi, Mingote, Gila, Tilu, Chumy Chúmez, aumentó el equipo de escritores dando entrada a Rafael Azcona, Ángel Palomino, Rafael Castellano, Evaristo Acevedo, Óscar Pin, Alfonso Sánchez y la Baronesa Alberta, y fue creando secciones de enorme impacto: La Crítica de la Vida, La Cárcel y la Comisaría de Papel, ¿Está Vd. seguro?, Tiemble Después de Haber Reído, etcétera, mientras Perdiguero le secundaba con las parodias de los periódicos famosos, El Diario Semanal y el Papelín General.

La Codorniz, que había tenido tiradas de 35.000 ejemplares con Mihura, se estabilizó en los 80.000 semanales, mientras que los extraordinarios mensuales llegaron a superar los 250.000. En una oleada posterior se incorporaron como firmas principales las de los articulistas Remedios Orad, Víctor Vadorrey, Gonzalo Vivas, Jorge Llopis, Juan Chorot, Bardaxí, José Luis Coll, Pgarcía y Julio Penedo mientras que la plantilla de dibujantes se ampliaba con Munoa, Máximo, Cebrián, Serafín, Kalikatres, Dátile, Pablo, Mena, Eduardo y Madrigal.

Lo compacto del equipo que siempre andaba ensayando nuevas fórmulas, la arrolladora personalidad periodística y pública de su director y la firme mano de Perdiguero en la sombra, dieron a la revista una estabilidad en el éxito que había de prolongarse hasta la muerte de éste, acaecida en 1970.

La decadencia de La Codorniz
En los años posteriores se inició un declive que se iría haciendo cada vez mas agudo, demostrando que el verdadero artífice de la revista había sido el espíritu de Fernando Perdiguero. Bastantes de las mejores firmas de La Codorniz emigraron a otras revistas competidoras, las que permanecían y las nuevas no fueron capaces de suplir sus ausencias (Ecorfe, Eduardo Mallorquí, Blaki, Casiopea, Chicote, Strómboli y alguno más entre los literatos, y Cabañas, Gayo, Sir Cámara, Manuel, Ferrero, Carlos, Edu, Velasco, etcétera, entre los gráficos) y el recurso al aumento a veinticuatro páginas y la cuatricomía resultó material pero no intelectual.

En 1977, después de treinta y tres años al frente de La Codorniz, Álvaro de Laiglesia fue cesado como director, sustituyéndole nominalmente Miguel Ángel Flores aunque el responsable real era Manuel Summers en compañía de Chumy Chúmez, que regresaban tras el cierre de Hermano Lobo. Del extinto semanario incorporaron a Manuel Vicent, Emilio de la Cruz Aguilar (el famoso "McMacarra"), y alguno más entre los que se contaba el caricaturista Palacios. Su fórmula a base de destape y descaro nada tenía que ver con lo que antaño fuera el universo codornicesco.

Los lectores le volvieron la espalda con más energía si cabe, de modo que la revista interrumpió su salida el 29 de enero de 1978. Volvió a los kioscos el 19 de marzo de ese mismo año. Adoptó el formato de periódico, trató de parecerse al célebre Canard enchainé francés, llamó a los dibujantes Martinmorales, El Cubri y Saltés como refuerzo del equipo, e incorporó a periodistas de la talla de Víctor Martínez Reviriego, Felipe Mellizo, Raúl del Pozo, Ángel Sánchez Harguindey y Pilar Trenas, y al cantante Ramoncín.

Una nueva dirección llegó con Carlos Luís Álvarez "Cándido", aunque como él mismo habría de confesar en diferentes ocasiones, la nueva pauta aún resultó menos eficaz que la anterior y lo único que le cupo fue proceder a su entierro definitivo. La Codorniz, abandonada por sus lectores, dejó de publicarse el 11 de diciembre de 1978. En total editó 1898 números. La crítica del momento atribuyó al declive y desaparición de la revista a su falta de adaptación al cambio de la sociedad de su tiempo.

Los motivos de su desaparición
Con la actual perspectiva, el resultado del análisis es otro: La Codorniz tuvo un talante definido y originalísimo con Miguel Mihura, que no aceptó a otros colaboradores que aquellos que seguían una línea humorística original y vanguardista, llenando con su multiplicidad personal los huecos precisos antes que dejarlos en manos ineptas; Fernando Perdiguero mantuvo esa mentalidad electiva hasta el fin de sus días, mientras hacía evolucionar el humor hacia niveles más cotidianos aunque sin perder un carácter de absurdo inteligente y experimentador.

Al mismo tiempo, como Mihura, se negaba a dar ingreso a quien no era capaz de sentirlo y transcribirlo: basten, para ejemplificar la severidad electiva de ambos periodistas, los casos de Camilo José Cela, que fue dado de baja entre los colaboradores por su divergencia con el humorismo que deseaban sus mentores, o el de Francisco Umbral, que vio rechazado su ingreso en el semanario.

Tras la desaparición de Perdiguero se relajó tan severa disciplina intelectual, se abrieron las puertas a las mil interpretaciones individualizadas y carentes de orientación unívoca de las nuevas firmas y el proyecto se vino abajo. La Codorniz tal vez continuara hoy en día una labor de ingenio sagaz y progresista, posiblemente circunscrito a sectores de elite y culto pero no por ello menos eficaz; sin embargo en su momento no se supo dar con el profesional adecuado que le confiriese la orientación pertinente, de modo que ha dejado un vacío hasta la fecha irrellenado.