REVISTAS
DE HUMOR |
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LA CODORNIZ PRESENTA POR PRIMERA VEZ EN EL MUNDO SU SECCIÓN Era
el nacimiento, en la España del periodismo amordazado por la Censura más dura,
de una de las series de burla y escarnio cuyo éxito no decaería ni con las
diversas etapas de aperturismo. Encabezados por rotundos noes (¡No al cine!,
¡No a la Tabacalera! ¡No a las cantantes!) se publicaban sueltos sin firma
que atacaban diversos vicios y defectos, mientras al final de la página se
invitaba a los lectores a colaborar denunciando cualquier asunto "razonable
y justo" del más recóndito rincón de España que mereciese ser puesto en solfa.
La fórmula del "¡No!" se mantiene hasta el 7 de diciembre de 1952, que es cuando adquiere el formato que va a ser definitivo: una cabecera general (Crítica de la Vida), y unos encabezamientos dobles, genérico y concreto, para cada suelto según el tema; así: Una profesión: La de Notario; Un anís: "Chispa"; Un edificio: Embajada Norteamericana, etc. De este modo, cualquier comentario tenía cabida en la página. En un panorama periodístico ayuno de toda referencia desaprobatoria (apenas si se pasaba de la reprobación a los retrasos de la Renfe, los servicios de los autobuses urbanos y las quejas del vecindario), la Crítica de la Vida tenía un eco enorme: bastaba que un producto, una empresa, un negocio o una corporación apareciesen reflejados en su página para que, a nivel nacional, cayera sobre ellos un estigma y una vergüenza que duraba un tiempo más que dilatado: ser criticado en La Codorniz era resultar objeto del peor de los descréditos. Su redactor jefe FERNANDO PERDIGUERO (1898 - 1970) resultaba muy cuidadoso con la sección: la componía semanalmente con ocho sueltos de lo más diverso, aportados semanalmente por sus colaboradores repartidos por todo el país; obligaba a una fórmula expositiva contundente y de obligada brevedad, y en cada número incluía siete críticas negativas contrapesadas por una octava única, elogiosa que, encima, debía llevar un pero en contra para que todo no fuera laudatorio. Naturalmente, en estos casos el aplaudido recibía una investidura de recomendación tan prestigiosa que en la actualidad no igualan las estrellas Michelín ni otros distintivos similares. Y solía ocurrir que correspondía con algún obsequio de gratitud (que podían ser latas de conserva, productos de charcutería o botellas de vino), del que los redactores daban buena cuenta tras el último día de cierre. Hasta el advenimiento de la democracia la prensa nacional no fue abriéndose a tareas críticas, al principio iguales y después de mucha mayor profundidad. Pero su proliferación ha tenido un efecto contrario: el criticado no hace caso, el público presta atención poco permanente a esos asuntos, y la denuncia no surte efecto. Tal vez la soledad en que vivió la Crítica de la Vida de La Codorniz fue el secreto de una eficacia que revestía aspectos de leyenda. |
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