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DON JOSÉ (1955-1958)
Se
anunciaba como "Suplemento de humor del diario España, de Tánger",
en cuyos talleres tenía lugar la tirada para distribuirse después por
toda la geografía nacional. Sus dimensiones eran 31 x 22 cm., constaba
de 36 páginas, impreso a dos tintas, roja y negra, y comenzó vendiéndose
a 3 pesetas el ejemplar. A partir del número 64 portada y contraportada
fueron a color. Estuvo impreso en un papel verde de pésima calidad, que
desataba por igual las iras de los lectores que las de sus redactores
hasta que, a partir del número 83, pasó a un soporte blanco de clase ligeramente
superior. Tuvo fama de ser la publicación que retribuía más generosamente
a sus colaboradores.
Si La Codorniz fue una consecuencia de La Ametralladora, Don
José resultó serlo de la Academia de Humor que había fundado Enrique
Laborde. El presidente de la empresa editora del España, de Tánger,
Gregorio Corrochano, deseaba un semanario humorístico en una época
en la que el premio de novela de la Academia en 1955 había recaído en "Pepe",
escrita por Rafael Castellano.
Corrochano,
enganchado por las iniciativas académicas, negoció con Laborde para
que creara una nueva publicación que terminó llamándose Don José, en
honor al premio de aquél año. Se nombró director a Antonio Mingote,
que triunfaba con su chiste diario en ABC y Laborde quedó como
segundo de la aventura.
Con
La Codorniz de Mihura y la primera de Álvaro de Laiglesia, Don
José constituyó la empresa más importante en el camino de avanzar el humorismo
en el vector apuntado por las vanguardias. Experimentó la búsqueda de fórmulas
nuevas, se empeñó en el ascenso evolutivo del difícil género que era su especialidad,
y no lo llevó a cabo desde el frío racionalismo profesional sino desde la
creatividad intuitiva correctamente polarizada.
Los
colaboradores
Se puso a la venta el 13 de octubre de 1955. De La Codorniz se llevó
a Tono, Edgar Neville, José López Rubio, Ángel Palomino, Jorge Llopis,
Alfredo Marqueríe y Gila, a los que acompañaron brevemente Antonio
Ozores, Nácher y Gloria Fuertes. Incorporó a otros dibujantes como
Dávila, Martínez de León, Ugalde y a un extraordinario plantel de nuevos
valores: Puig Rosado, Ballesta, Julio Cebrián, Abelenda, Racaj y Elgar.
Como articulistas, cuatro magníficas escritoras: Carmen Vázquez Vigo, Begoña
García Diego, Gloria Van Aersen y Blanca Boggiero; y escoltándolas,
Alfonso Paso, Jaime de Armiñán, Miguel Pérez Calderón y Juan Pérez-Creus,
a los que no tardaron en unirse unos recién llegados que pronto destacaron
en la especialidad: José Luis Coll, Pgarcía, Julio Penedo, Juan Bonet,
Pablo de la Higuera, Antón Barrié, etcétera.
En
el terreno formal Don José concedió amplio espacio a las creaciones
de los viñetistas y a la vez ilustró generosamente cuentos y artículos con
trabajos de sus creadores gráficos, lo que les confirió una presencia impresa
que no ha sido igualada. Entre sus secciones tuvieron gran éxito "El Libro
Mayor de Don José", "Las soflamas de don Enriqueto", "Historia y cuento del
Teatro" y, sobre todo "En todas partes cuecen habas", noticias cortas y punzantes
de toda España suministradas por los corresponsales. Pese a su espíritu irónico
y elegante provocó bastantes rechazos y denuncias.
De
entre ellas la que armó un revuelo más que regular fue la que los comerciantes
de ultramarinos presentaron contra Mingote por un inocente artículo
que les hizo sentirse ultrajados, concluyendo en los tribunales y con la absolución
del inculpado. Pero de cuanto aparecía en sus páginas lo más brillante eran
las poesías de Jorge Llopis, con un tratamiento tipográfico privilegiado,
que terminaban recitándose en ateneos y centros culturales.
Fueron
muy celebrados sus números extraordinarios dedicados al fútbol, a las gordas,
a los inocentes, a los pelotilleros, etc.; y destacó especialmente el que
conmemoraba su número 100, con un diccionario enciclopédico humorístico.
La
dimisión de Mingote
En el verano de 1957 la empresa editora cambió de manos y los nuevos propietarios
decidieron que las cantidades que abonaba Don José a los colaboradores
eran muy altas. Ante tal situación Mingote prefirió dimitir y Laborde
se hizo cargo de la dirección con su sueldo de redactor jefe. La mayoría del
equipo formó piña con él, que se multiplicó llenando los huecos de forma que
los demás no sufrieran menoscabo en sus ingresos.
Creó
nuevas secciones para sí mismo y su gente, como "Las criaturas de Lorenzo
Goñi", magníficas caricaturas surrealistas, "Las crónicas municipales",
de Pérez Calderón, y unas formidables páginas centrales dobles ilustradas
por Cebrián y Santiago Racaj alternativamente, mientras que
los corresponsales aumentaban su trabajo con falsos periódicos locales: "Valencia
Times", "Ceuta Soir", "Barcelona Herald", "El Orgullo de Albacete"… Aumentó
su agresividad y, proporcionalmente, los encontronazos con la censura.
El
final de Don José
Crecieron las ventas pero también los contratiempos oficiales. La empresa
no quiso quebraderos de cabeza y planteó la disyuntiva de cierre o venta a
un nuevo propietario: Domingo Dominguín, miembro de la conocida familia
taurina. El aspirante a dueño habló con Laborde proponiéndole su continuidad
como director hasta que un patrocinado suyo llamado Moncho Goicoechea,
que ya tenía una maqueta renovadora terminada, concluyese sus estudios en
la Escuela de Periodismo; entonces pasaría a ocupar la dirección volviendo
él a su antiguo puesto de redactor jefe. Laborde no aceptó, sus colaboradores
le secundaron y en el número 128, correspondiente al 20 de marzo de 1958 José
Luis Coll escribió el editorial de despedida.
La aventura más renovadora en el terreno del humorismo periodístico había
llegado a su fin.
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