EDUARDO
La
costumbre de los dibujantes de firmar con su nombre de pila favorece la confusión
en este caso. En las páginas de La Codorniz aparecieron viñetas firmadas
por Eduardo, otras por Edu, y algunas por E.
Pues
bien: las primeras y las últimas correspondían al Eduardo que aquí nos ocupa (Eduardo
López de Maturana, 1937 - 2009), mientras que Edu era (y es) Eduardo Ibáñez Juanes,
otro humorista, alicantino.El Eduardo cuya figura aquí glosamos fue un donostiarra
perteneciente a una acomodada familia.
No
debió parecer muy inclinado a los estudios tradicionales porque su madre le hizo
ingresar como empleado en un banco a los catorce años. Si en el colegio había
dado muestras de inadaptación, en aquel trabajo todavía resultó más rebelde. Así
que su familia de allí lo reexpidió a una agencia de publicidad. 
Dada
su juventud se le encomendaban las tareas menos nobles de la casa: recados, paquetes,
limpieza de pinceles de los dibujantes… Pues esa resultó ser su iluminación. Tras
atender los instrumentos de los artistas, trazaba bocetos, ensayaba colores… Pronto
llamó la atención y fue ascendido a categoría superior. Y destacó con fuerza inusitada.
En
los años 50 La Codorniz era el semanario más prestigioso del panorama nacional,
desde cuyas páginas los viñetistas alcanzaban renombre absoluto. Allí acudió el
veinteañero Eduardo, y no sólo fue aceptado sino que se hizo un hueco que culminaría
con su ascenso a la categoría máxima de sus firmas gráficas: página con seis dibujos
en cada número. Sus temáticas más recurrentes fueron las taurinas y la crítica
a los burgueses cínicos o los campesinos explotados, pero, sobre todo, las chicas
modernas, elegantes, bellas y sofisticadas, que los lectores buscaban con avidez
por el blanco y exquisito erotismo con que las adornab; para desesperación de
la censura, que nunca pudo justificar el atacarlas. Cuando Álvaro de Laiglesia
fue defenestrado de la revista Eduardo también la abandonó.
Después, integrado en la Academia Española del Humor, reaparecería en La Golondriz,
manteniéndose en su versión digital hasta el fin de su carrera. Víctima de la
que Chumy Chúmez llamaba supersticiosamente "la enfermedad innombrable", su último
trabajo fue la contribución al homenaje de los humoristas gráficos a Antonio Mingote
en su nonagésimo cumpleaños. Por encima de su profesión de dibujante de humor
Eduardo era un pintor de categoría.
A ese trabajo se dedicó con preferencia, de modo que desatendió recoger sus chistes
en libros como hacían sus colegas, limitándose a la participación en obras colectivas.
En TVE dibujó para "El Museo del Ingenio", el programa de Víctor Vadorrey.