REVISTAS
DE HUMOR |
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No sabemos si Mihura, que se indignó mucho con el discípulo, llegó a pagarle. Sí, los humoristas también fueron a la guerra. O al paredón, como fue el caso de Pedro Muñoz Seca, el creador del astracán. Los más jóvenes, después de la catástrofe, aprendieron a escribir y a dibujar de puro milagro, imagino que por un excedente de talento en la sangre. A algunos de los mayores les sucedió algo aún peor: tuvieron que rescribirse, inventar un código nuevo, respirar a través de la mordaza y el olor a gasógeno (éste fue el caso de un humorista tan singular como olvidado: Fernando Perdiguero Camps). Porque, acabada la guerra civil y decretada la victoria, la contienda misma se convirtió en un tema tabú si trascendía de la épica falangista. Instalado el discurso de la paz y de la cruzada en una España católica y cuartelera, en La Codorniz no se encuentran apenas viñetas alusivas a la milicia, si descontamos los inocentes quintos de Pablo San José o los chistes (mucho menos inocentes) de Miguel Gila. Recordemos que durante la guerra civil humoristas como Mihura, Tono y Neville habían empollado su humor en La Ametralladora, una revista que se distribuía en el frente y en la retaguardia del bando nacional. La publicación muere cuando llega la paz, en 1939. Por esta razón, sorprende hoy en día el atrevimiento de Álvaro de Laiglesia en el otoño de 1956, cuando aún duraba el susto y la represión, cuando hasta hacía muy poco la prensa servía cada mañana su ración de «sentencias cumplidas» en forma de ejecuciones sumarísimas. Claro que la guerra no podía representarse de cualquier forma. Sólo el humor, como advirtieron los tratadistas clásicos y después Freud, permite cruzar ciertas aduanas. Así pues, Álvaro de Laiglesia, que a mi entender fue mejor publicista que escritor, tuvo la feliz idea de declarar la guerra a la pérfida Albión. Es cierto que La Codorniz de Mihura, en los años cuarenta, le había declarado la guerra al bigote, símbolo de toda una ideología. Pero en esta ocasión la estrategia era más ingeniosa: se trataba de parodiar el discurso bélico e implicar a los propios redactores, que se disfrazan para la ocasión. Se ha dicho que, en realidad, lo que pretendía Álvaro era incrementar las ventas de la revista, a la que le había salido una competidora como Don José. Y es muy probable. Pero también creo que se estaba ventilando un asunto más profundo: por un lado, llevar a cabo una sátira del militarismo y de la voluntad de poder carcomiendo su lenguaje y sus rituales; de otra parte, restañar una herida, aliviar un trauma, promover una catarsis cómica con respecto a un tiempo demasiado cercano que sólo podía ser motivo de angustia y de pesadilla, incluso para algunos vencedores. Creo que en esa misma dirección iban encaminadas las viñetas de Tono en La Ametralladora: introducir una cuña de ficción naïf en la realidad insoportable de las trincheras. De eso se trataba: de reblandecer lo real —y no hay nada más real que la violencia— con la sosa cáustica del ingenio, de sacarse de la manga una guerra de mentira después de tanta verdad extenuante, de mofarse de una dictadura que lanzaba decretos como aguijones. Pensemos que 1956 fue un año difícil, con numerosas revueltas estudiantiles y detenciones. Por vez primera se suspende el Fuero de los Españoles. La lucha a cuerpo descubierto era algo más que una metáfora dócil. La parodia era un instrumento que aseguraba un rendimiento notable, ya que permitía convertir a los lectores en cómplices. Sin público no existe el juego. ¿Cómo no iba a reconocer el lector de La Codorniz la parodia del discurso bélico si estaba sufriendo en sus carnes, como un rayo que no cesa, el látigo de la propaganda militar y la octavilla adoctrinadora en forma de píldora nacional-católica? ¿Cómo les iba a resultar ajeno ese lenguaje, si eran tiempos de guerra fría entre el bloque capitalista y el comunista? La transformación burlesca de todo ese arsenal se trama en dos frentes: en lo formal, La Codorniz adopta un gran despliegue tipográfico que busca el golpe visual con grandes titulares (no se olvide que el cuerpo de letra casi perenne del semanario era un minúsculo cuerpo nueve). En los contenidos se usan géneros periodísticos referenciales para dar rienda suelta a la imaginación y al absurdo. Cuanta más levadura cómica mejor. Se produce un efecto de bola de nieve, acumulativo, en una secuencia cronológica perfecta: primero se da cuenta de la confusión reinante, después se llama a filas y por último se exponen las hilarantes ofensas del enemigo inglés: beber té, usar pelucas, conducir por la izquierda y utilizar un sistema de pesas y medidas extraño. La parodia alcanza también a los nombramientos militares, cargados ahora de una solemnidad bufa. La estética carnavalesca degrada las graduaciones castrenses. Uno de los colaboradores, Óscar Pin, ingeniero químico de profesión, es nombrado «Jefe Superior de Fortificaciones de Hormigón Armado, Explosivos y Guerra Química». Y como no hay guerra sin arma secreta, La Codorniz también informa de la suya. No da puntada sin hilo, porque aprovecha la ocasión para lanzar una pequeña ráfaga de crítica costumbrista contra las horribles labores de Tabacalera y, en general, contra la férrea autarquía (recordemos la sección de Perdiguero, el «Papelín General»): Los técnicos opinan que bien pudiera tratarse de la temible bombita T., cuya carga consiste en dos gramos de tabaco de picadura de la Tabacalera E.S.A. especialmente preparada. La desintegración se provoca por medio del bombardeo del tabaco con llama oxígena de la cabeza de cerilla. Especialmente jocosa resultara el remedo de las secciones de donativos (las madrinas de guerra que aparecían en la prensa). En tiempos de escasez y de mercado negro, está claro cuáles eran los oscuros objetos del deseo del español medio. Las cartillas de racionamiento se habían suprimido hacía sólo cuatro años:
¡ESPAÑOL! ¡Esa botella de jerez o de coñac, ese jamón,
esa caja
¡Nuestros soldados no deben pasar frío, ni calor, ni hambre, ni sed! ¿Y qué decir de los materiales gráficos? Los redactores se travisten de soldados napoleónicos en la España del Cid y del Generalísimo. Incluso se incorpora a Sara Montiel en sidecar como estrella invitada. El humor rompe filas. La España barbuda de las marchas militares, la del dictador-legionario y las estatuas ecuestres se nos aparece rebajada en un desfile chusco de militares tuertos, que marcan el paso con el pie cambiado y se desploman de risa en un supremo acto circense, sobre una ristra de medallas de hojalata. Había que curar las heridas con fusiles de juguete y con sables de punta roma; había que burlarse del brazo en alto y de las condecoraciones, de la patraña grandilocuente y del éxtasis patriótico. A mí esas fotografías del frente de Aravaca y de sabotajes fingidos me recuerdan al happening, que por cierto estaba surgiendo en esos años de la mano de Cage y de Kaprow. Era quizá un happening algo más premeditado y sin pretensiones estéticas, pero en toda esa improvisada escenografía de casacas y cornetines de La Codorniz brillaba un guiño al espectador. Pero como nos recuerda Bajtin, el Carnaval representa tan sólo una liberación transitoria. Más allá de las páginas en huecograbado de La Codorniz esperaba una realidad con el cuchillo entre los dientes ante la que era más difícil morir de risa, aunque, por fortuna, también podamos «sonreír ciegamente a la derrota», por decirlo con un verso de Luis Cernuda.
JOSÉ
ANTONIO LLERA Doctor en Filología Hispánica |
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