REVISTAS
DE HUMOR |
||||
|
Después
siguió apareciendo en los quioscos una revista con ese nombre, pero aquello,
mal que pese a muchos, ni era La Codorniz, ni cosa que tuviese la menor
semejanza. Seamos serios con los criterios de exigencia que impone la investigación científica. En 1941, Miguel Mihura, que había evolucionado desde la comicidad tradicional al vanguardismo (lo que él sólo llamaba "humor nuevo", y cuya formulación había quedado formalizada en "Tres sombreros de copa" en 1932 y posteriormente en el estilo que impregnó bajo su dirección el semanario para soldados La Ametralladora) lo continuó en otra revista, ya en tiempos de paz, llamada La Codorniz. A ella llevó esa interpretación de lo humorístico, secundado por Tono, Edgar Neville, Herreros y Galindo, y la reforzó con sus representantes franceses como Pierre-Henri Cami, Pierre McOrlan y Jules Renard y los italianos Giovanni Guareschi, Carlo Manzoni, Giovanni Mosca y Anton Germano Rossi. Era un modo de entender y realizar un humorismo original, ultramoderno, quintaesenciado, y revolucionario por su esencia intrínseca. En 1944 Mihura se deshizo de la revista y en el traspaso quedó como director su anterior redactor-jefe Álvaro de Laiglesia, que fue quien había de acumular aplausos y glorias. Pero hubo un artífice en la sombra: Fernando Perdiguero Camps, cuyo nombre reivindicamos aquí, para que su trascendencia no desaparezca ante la posteridad: él fue la continuación de Mihura y, en realidad, su muerte fue también la de lo que hoy se entiende como Codorniz. Perdiguero, cuando De Laiglesia lo fichó para que desempeñara el cargo de redactor-jefe que él había ejercido, arrastraba ya una dilatada y exitosa biografía en la especialidad. Había triunfado con su caricatura diaria en El Liberal durante más de trece años firmada como Menda (lo que terminaría llevándole a la cárcel al concluir la guerra civil), y había sido redactor de Gutiérrez a las órdenes de K-Hito, donde llegó a realizar un número extraordinario él sólo, con textos y dibujos. Al llegar a La Codorniz asumió las labores directivas que De Laiglesia delegaba en él, ciñéndose por igual a los criterios originales de Mihura y a un espíritu económico-administrativo de protección a sus colaboradores, digno del mayor encomio: los trabajos no estaban demasiado generosamente retribuidos y él desempeñó una estrategia de lo más equilibrada. Como por razones técnicas la revista no podía superar las dieciséis páginas, admitía una publicidad muy reducida, y tenía un límite de máquinas que fijaba su tirada máxima semanal en 80.000 ejemplares (la excepción eran los extraordinarios trimestrales, con más páginas, y que superaban los 250.000), su organización era la siguiente: los dibujantes base tenían aseguradas seis viñetas por número; los escritores básicos, tres artículos (más un par de "críticas de la vida") con lo que igualaban los ingresos de sus colegas gráficos; y quedaban espacios menores para el resto del grupo que se encontraba en situación de "meritoriaje". Como al ingresar en el equipo de colaboradores se adquiría de hecho una fijeza en plantilla, se tenían aseguradas unas ganancias que servían para complementar las de cualquier otro trabajo o en el más extremo de los casos, que permitían sobrevivir. Y luego, cuando se producía una vacante entre los básicos, el meritorio ascendía en el escalafón y podía publicar más trabajos cada semana. El sistema administrativo de Perdiguero resultó de lo más eficaz. Escritores y dibujantes, lejos de adocenarse en sus posiciones de seguridad, mantenían una sana competencia, en busca de fórmulas nuevas que mejoraran la calidad de sus creaciones. Los
meritorios se curtían durante largas temporadas y por su parte nuestro hombre
ejercía una exigencia similar a la de Mihura a la hora de abrir la
puerta del meritoriaje a los nuevos aspirantes; de ahí que muchas plumas gloriosas
en otros ámbitos, pese a su nombre, no consiguiesen ingresar en las páginas
de la que en cierto modo era tenida por la Sorbona del humorismo; y de ahí
también que los desahuciados, desde otras tribunas dejaran escritos en contra
de La Codorniz más hijos de la frustración que de una crítica auténtica.
Si a todo esto añadimos los geniales inventos de Álvaro de Laiglesia con secciones de tanta originalidad como impacto ("La Cárcel y la Comisaría de Papel", "Tiemble después de haber reído", "Donde no hay publicidad resplandece la verdad", y tantas más), y las no menos geniales de Perdiguero tal "El Diario Semanal" o el inconmensurable "Papelín General", feroz parodia del Boletín Oficial del Estado franquista, habrá que reconocer que cualquier competencia era imposible. Pero nuestro hombre falleció en 1970. Y el sucesor en su cargo no fue capaz de heredar su espíritu. En pos de epidérmicos esteticismos fijó la atención en el incremento de colores y no de contenidos. Abrió las puertas a nuevos valores que no se ceñían al control de exigencia que había sido el determinante del espíritu codornicesco (primero sabiamente impuesto por Mihura y después férreamente seguido y adaptado al cambio de los tiempos por Perdiguero), mientras De Laiglesia, que nunca se había ocupado a fondo del asunto, resultaba incapaz de enterarse de lo que estaba sucediendo. El humorismo magistral que había sido la carta de naturaleza de La Codorniz se fue diluyendo a marchas forzadas y al fin terminó por desaparecer. En los años siguientes vendría la competencia de Hermano Lobo y la de El Papus en terrenos completamente diferentes. Luego, las sustituciones en la dirección de la revista, cada vez más desafortunadas. Y al final, el cierre definitivo. Pero La Codorniz había muerto mucho antes. La Codorniz había muerto el mismo día que murió Fernando Perdiguero Camps. |
||||